EN LA COLONIA. ENVOTADOS.

En estos días templados que soliviantan el invierno, ensimismados por este este verano navideño, asistimos por segunda vez este año a un proceso electoral, uno más, que añade tedio y magua a la vida en la colonia. Un ruido ensordecedor usurpa el silencio. A semejanza del black Friday, en este caso, black sunday, ofertas y contraofertas invaden medios de comunicación, buzones, la red, y algunas pocas conversaciones. Embotados de desinformación, los cuantiosos medios españoles hacen al ciudadano isleño, importante por un día. Casi nada, participar en los destinos del quebradizo estado.

De repente, lo de allá del mar descubren que la colonia vota y sus medianeros se juramentan con la patria española: una, dividida y algunos de sus territorios presos de otros.

El natural ni se inmuta, con sutil desdén, simula interés, cambia de canal y desconecta de los noticiarios de las Españas. Quién no sabe por estas barranqueras que en los madriles se habla alemán. Tremendo stress por administrar las políticas de la troika. Todos saben que podrán presidir pero no gobernar.

Aquí, en la colonia, las incertidumbres y las inquietudes de los españoles se perciben distantes, lejanas, por más que algunos, los menos, arrecien con los moralizantes discursos de la participación, la memoria colectiva no ignora que, tras siglos de dominio, todo cambia y no cambia en España, mientras en la colonia, lo fundamental permanece intacto, impertinentemente tenaz. Colonialismo pegajoso que se adhiere a nuestros cuerpos y conciencias, sudor de mazmorra que nos delata.

En la colonia no endulza elegir al director de la prisión, a pesar de que algunos prefieran las bridas a las cadenas, de todo hay, incluso los que las eligen por colorines, así son felices con las cadenas naranjas, rojas, azuladas o fucsia. No es que nos ocupe a los que habitamos las islas, bueno quizás a algún singuango le apetezca que haga juego con su camisa de fuerza ideológica o babea por retozar en las afueras del poder. No deja de ser parte del look armonioso de algún desheredado con apetencias de ser aceptado.

El isleño observa, escucha y se detiene en aquellos detalles pintorescos de toda campaña, se harta de observar como desembarcan, cual gran capitán. Unos y otros instalan sus avanzadillas en playas mediáticas, vergeles del extranjero. Nos explican, tal maestro insolente, como debemos organizarnos, que es mejor para las islas y, cual turista, ensalzan la belleza de nuestro medio natural y se desgañitan en aseverar una y otra vez que somos España.

Esta es una particularidad aquí en las colonias, la reafirmación nacional española. Izquierdas y derechas, monárquicos y republicanos, con la causa de la colonización. Qué empeños ponen hasta los mal gestados nacionalistas para que se sepa que ellos, de siempre españoles, de toda la vida. Cómo se engalanan y acicalan para recibir la mano amable del generoso amo. Por los sures los llamaban perros del conde.

Cosas de las colonias, no me imagino al de Almería insistiendo en su españolidad, algo deben intuir o saber esos galardonados de toletes náuticos ilustrados, algo así como que de allí no somos.

Mientras el isleño apura las horas de Sol, habla de lo importante en estas fechas: la familia, el trabajo, mejor la ausencia de él, los amores y desamores, las próximas fiestas. Al tiempo que disfruta de sus riscos y de sus playas, para qué detenerse en asuntos de afuera. Saborea su minutero, lo relame y se debate sobre el difícil futuro de su equipo de fútbol. Lejano a las luchas políticas en la metrópoli, es sabedor de que nada que ocurra allá cambiara para mejor en ultramar, nunca sucedió. Se sortea en la esperanza de agotarlos por omisión. Convencido que algún día descubrirán que esto no es para ellos ni de ellos, para los de ese estado español en demolición.

Nunca faltó tiempo en las islas, siempre nuestro tiempo fue otro tiempo, lento y parsimonioso como el drago certero. Las moralinas del “debes votar”, suenan a: Te colonizo ya que te quiero.

Los mandados isleños esputan sus discursos, bien aprendidos de sus padrinos del continente europeo. El isleño no se aclara, sigla va, sigla viene, pero el verbo, el mismo. Algunos murmuran como fulanito cohabita con menganito, con lo buen chico que parecía. Oye, esos dos se arrimaron con lo mal que se llevaban. Matrimonios de conveniencias, rápidos y sin amor. Y ahí los ves, del nacionalismo al federalismo español, de contrarios a complementarios, de iguales a los de la gaviota a águilas liberadoras, juntos pero no suman, se restan.

De vez, en vez, se azoran, alguna regionalista de postín, a ritmo de paso doble, sí ese paso doble para turistas, que me niego a repetir, el de que viva.., mohoso y provinciano, harta de sí mismo, pronuncia la frase mágica, el conjuro milagroso: la voz de Canarias, un hilito de voz imperceptible, que ruega atención y cariño, prometiendo lealtad. Alguna frase deja para la posteridad “No se comprende España sin Canarias”. Qué natural inteligencia, yo añadiría ni Borneos, debe ser, quizás me equivoque, que desea representar a Murcia por Tenerife, no lo sé, la magia hace milagros. Esta vez el conejo nos riscó la perra.

Pero nuestro compatriota mira de lado, oye sin escuchar y percibe un tremendo ruido de contradicciones. Bajo el epígrafe de nacionalistas, no paran de jurar bandera española. Hasta los encarnados sorprenden, se unen, se dividen, se multiplican y no sabes de quién sos tú, eso sí españoles hasta el tuétano, eso que no falte, papas bravas que no arrugadas. Todo es curioso en estas islas menos el buen tiempo. Por cierto, al final si le digo le engaño. Esos chicos proponen salir de la OTAN o no, es que, de verdad, estos españoles no se saben si suben o bajan.

La verdad, el isleño no sale de su asombro, vaya por donde desconoce hasta quien se presenta por aquí, es que no le suena. Bueno,,,   uno sí, cuánto teme el canario que le nombren un ministro de país. Año de ministro, años de hambre.

Entre tanto, con la voz entrecortada hay algunos compañeros extraviados que aumentan la confusión, piden con pasión de amantes votar, no indican a qué, debe ser un acertijo sin solución, usted a buscar un amarillo negro y después vote, demasiado complejo. Pero ahí están, dale que te pego, participando en una campaña con atribuciones de junta electoral, Participa, que es tu deber, si no votas, ganan los otros, nunca argumentos tan recios impresionaron tanto al contrincante. Asustados tienen a la metrópoli que no cesa de pensar en ellos. Y a todo esto, los otros son los unos.

El isleño no altera su existencia, ya sabe que estos feriantes no tornarán su devenir próximo, estar colonizados y bien colonizados. Estos días no son más que unas elecciones en un país lejano. Mientras tanto, pronto se despedirán y marcharán a la capital del reino, el isleño ya solo sabrá de ellos dentro de cuatro años, o sumidos en la fatalidad de las circunstancias por sus actos y un ministerio, no de santidad.

Y yo que pienso que estas son las últimas elecciones que organizan extranjeros en estas islas. De esto y que nuestra gente una vez más tendrá mejores cosas que hacer ese domingo, estoy convencido.  Mientras embotados, muy embotados nos tienen con la demencia electoral que trastorna el sentido común, en esta especialísima carta multicolor a los Reyes de Oriente, desestimada por los de Occidente . Embotados pero no embobados, hastiados, muy hastiados. Feliz cotidiano domingo isleño.

Chema Hernández